How have we already reached the end of August? Did the Langoliers get loose again?
I’ve been working on «The Iron Light» almost non-stop since the last time I wrote a bi-monthly update, and I’m still not finished. To make matters worse, I’m in the middle of moving, writing this while surrounded by a bunch of boxes waiting for one last thing to be sealed.
It feels like iron in my stomach not having anything to share, so I decided to add the first chapter of this book I’m working on (only in Spanish for now, but it will be released in both Spanish and English) to raise a bit everyone’s anticipation and not leave this segment empty. I’m sorry for English-only readers, but I don’t want to throw the chapter in GTP and give you a subpar translation.
I want to promise that I’ll make another post during the week with some photos of my new home and maybe some thoughts or a story, but I’m terrible at keeping promises like that, given how bad I am at estimating the time it’ll take me to manage my internal resources. That said, this is my intention, so hopefully, we’ll see each other next weekend.
Beloved
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¿Cómo llegamos ya a fines de agosto? ¿Acaso los langoliers se soltaron otra vez?
He estado trabajando en «La luz de hierro» casi sin descanso desde la última vez que escribí un resumen bimensual y todavía no termino. Para empeorarlo, estoy en medio de una mudanza, escribiendo esto mientras me rodean un montón de cajas esperando una última cosa para ser cerradas.
Me sienta como hierro en el estómago no tener nada que compartir, por lo que decidí publicar a continuación el primer capítulo de este libro en el que estoy trabajando (sólo en español por ahora, pero saldrá en español e inglés), para aumentar un poco las expectativas y no dejar vacío este segmento.
Quiero prometer que haré otro post en la semana con algunas fotos de mi nuevo hogar y alguna que otra reflexión o historia, pero soy un desastre para cumplir promesas del estilo con lo mal que suelo calcular el tiempo que me tomará administrar mis recursos internos. Dicho eso, esta es mi intención, así que con suerte nos veremos el próximo fin de semana.
Amada
La luz de hierro
CAPÍTULO 1 (ALERTA: BORRADOR! Detalles menores pueden diferir de la versión a ser publicada)
El mago estaba por llegar.
Salí de la cama caminando de puntillas. Me moví con cuidado y cerré tantas puertas como había abierto para no alertar a nadie de mi presencia, siendo el primero en el baño. Mi jabón no estaba donde lo había dejado la noche anterior y mis hermanos notarían si mojaba los suyos. Moví el panel del armario con cuidado para que el ruido no me delatara, metí mi mano y saqué la pastilla de hibisco que escondía ahí para esos casos. Buscaría la otra cuando estuviera seguro de que nadie aparecería por allí.
Me aseé deprisa, pero oí un ruido en el pasillo cuando todavía creía tener tiempo. Me estremecí. Voces, gruñidos; alguien discutía. Escondí el jabón tras el armario y devolví el mueble a su lugar. Gest y Evrol estaban ya despiertos, pero la pelea que los entretenía les impidió verme. Me escabullí de regreso a mi habitación y cerré la puerta con llave.
Tomé mis mejores ropas y me vestí. Quería verme bien ese día. Aunque no tuviera permitido salir de mi habitación, prepararme para las visitas me permitía sentirme parte. Me senté en mi tocador y me peiné, tirando los pelos celestes que se me cayeron al hacerlo. Esos días había estado perdiendo más de lo normal, aunque mi cabeza todavía se veía como un oleaje fuera de control.
No pude evitar verme en el espejo. Me miraba a menudo, pero no solía verme. La cicatriz blanca que me abrazaba el cuello desde la oreja izquierda hasta debajo de mi mentón resplandecía esa mañana contra mi ya pálida piel. Era una línea delicada, hecha con un único sablazo, pero sobresalía lo suficiente como para que los ojos se desviaran con facilidad hacia ella. Con dolor en el corazón, guardé en el cajón el pañuelo que usaba para cubrirla. Hacía mucho calor para él. Volví a mirarme y me quité la camisa que había elegido, buscando algo con el cuello un poco más alto. Elegí una prenda que no tenía mangas y dejaba a la vista otras cicatrices en mis brazos, pero no me molestaba ver esas. Ya había olvidado cómo me las habían hecho.
Abrí la ventana y me asomé a la ciudad. Creí que era temprano, pero el sol estaba más alto en el cielo de lo que esperaba y muchas personas ya paseaban por las calles. Oía el barullo del mercado y el llamado de alguien que ofrecía afilar cuchillos. Cuando la vecina se asomó por la ventana a sacudir un mantel, la oí decir a su hija que se pusiera su mejor vestido para ir a ver llegar al mago porque había oído que era atractivo. No pude evitar revolear los ojos. ¿Qué podría ver un mago legendario en los desabridos que vivíamos en ese rincón de mundo?
Ailbar era la ciudad más grande de este lado del Valle de Avalon, pero se negaba a dejar ir su mentalidad de pueblo. Había crecido mucho y muy rápido tras que el volcán Hengroen, en un día que estuvo particularmente encabritado, borrara a Adasige del mapa y nos enviara a todos sus civiles como refugiados. Ailbar había sabido aprovechar el aumento de tráfico ahora que formábamos parte del camino oficial, pero los nativos se resistían a cambiar de hábitos.
Uno de los que más peleaba contra las nuevas modas de la ciudad era mi padre. Refunfuñaba ante cada nueva posada y taberna que ahora abrían sus puertas a nobles que estaban de paso por la ciudad. Mi familia había solido ser anfitriona de toda persona relevante que pasara por Ailbar, pero ahora nuestras múltiples habitaciones para huéspedes se mantenían vacías.
Me apoyé en el alféizar con un suspiro. El mago también se había negado a quedarse en casa. Ailbar tenía un mago propio ahora, un joven huraño llamado Eofor a quien yo no le simpatizaba. No estaba en la ciudad en el momento, pero le había ofrecido su casa y taller al que nos visitaría. Mi padre había despotricado como para hacer estremecer a Hengroen, los magos no eran tan raros, pero el viajero era legendario y le habría dado mucha reputación refugiarlo en casa mientras visitaba.
Yo estaba aliviado. Con suerte, el mago no estaría mucho tiempo en la ciudad antes de que lo aburriéramos. Se iría pronto y yo podría recuperar algo de normalidad. Normalidad que no me gustaba, pero, al menos, era conocida. En un mundo lleno de peligros, los que ya sabía cuánto dolían eran mis predilectos.
No sabía cuán temperamental sería el mago. Yo le disgustaba a Eofor, pero era cordial y nunca se había negado a tratarme cuando enfermaba; el nuevo mago, en cambio… Víctor, había oído que se llamaba. Era el nombre de un dragón y ellos sabían tener fuerte carácter. La voz de más de uno había llegado hasta mi habitación cuando discutían negocios con mi padre.
¿Qué me haría un mago-dragón si lo irritaba? Yo era inmune al fuego al igual que todo wisper, lo único que era normal en mí, pero mi ropa igual ardería. O mi casa. O Ailbar. Incluso si él decidía tenerme piedad y no aplastarme luego de quemarlo todo, la gente saldría de los escombros para cazarme como a un perro con rabia. Llevaban lunas hablando de ese mago legendario, siguiendo su camino por el reino y celebrando cada vez que parecía dar un paso hacia Ailbar. No porque lo necesitáramos, nuestro mago hacía un buen trabajo, pero éste era el legendario fundador de la academia donde Eofor y miles de otros habían estudiado. Cada adoquín que pisara y tenedor que usara quedarían bañados en gloria por siempre sólo por estar asociados a su nombre.
Me deslicé y me senté en el piso a contar los segundos que faltaban hasta que el mago se fuera. Y no estaba seguro todavía de que hubiera llegado…
—Su desayuno, joven Erik —me saludó la voz de Eda del otro lado de la puerta. Quité el cerrojo y abrí despacio para asegurarme de que nadie la había seguido.
—Gracias —dije aceptando la bandeja—. ¿Me traerías también el almuerzo y la cena, por favor?
—¿No bajará a ver al mago? Habrá una fiesta en la plaza mayor.
—No. —Me quedé allí parado, incómodo, y sentí la vergüenza aumentando—. Gracias. —Cerré la puerta y le puse llave otra vez. No volví a respirar hasta que oí a Eda alejarse. No sabía si era ingenua o usaba su amabilidad como arma para humillarme, pero no podía odiarla, no cuando salía de su territorio para asegurarse de que mis largos períodos de aislamiento no me hicieran bajar el poco peso que ya tenía sobre los huesos.
Comí en el piso sin poder dejar de pensar en Víctor. Los dragones venían siempre del noroeste, pero los rumores decían que Víctor venía de una tierra al este de la mía, un continente lejano y místico, del otro lado del mar. Desde chico había fantaseado con visitar tierras fuera de los mapas y por lunas me obsesioné con las historias de marineros mercantes que visitaban mi casa, preguntándoles por los territorios que mi mapa no tenía, pero yo creía que existían, hasta que mi padre me dijo que me dejara de molestar y abandonara esa infantil fascinación de una vez.
Suspiré y abandoné la fascinación otra vez. Aunque hubiera otra tierra allí, no sería como el Reino del Atardecer o el Valle de Camelot donde las rarezas eran celebradas y alguien como yo se podría haber sentido bienvenido, sino un reino regular con dragones temperamentales como los había en todos lados.
✧✦✧
Me pareció oír al mago llegar alrededor del mediodía. Los vecinos se llamaban unos a otros y niños corrían por el callejón bajo mi ventana. Todos estarían descubriendo cuáles rumores eran reales y cuáles no. Cómo se veía, si tenía el pelo moreno, rubio o rojo como los dragones o si era más parecido a nosotros con nuestro limitado rango de celestes y negros; si tenía orejas redondeadas como los humanos, largas como las de los elfos o en la forma de una hoja como mi gente; cómo sería su magia, su presencia, su rostro.
Me levanté y acomodé las cortinas, aunque ya estaban cerradas, y me aseguré de que no hubiera olvidado echarle llave a la puerta. Luego volví a acostarme.
Las horas pasaban y la agitación en el mundo exterior no se calmaba. A medida que se acercaba la noche, nadie se retiraba a sus casas. Era verano, era normal que los niños tuvieran permitido estar más tiempo en las calles, pero aquello parecía un festival.
No era hora de cenar todavía, pero el aburrimiento me había convencido de que tenía hambre. Decidí animarme a salir, mi padre y hermanos debían estar en la plaza tratando de ganarse la amistad del mago, pero de todos modos miré con cuidado antes de doblar cada esquina y caminé cerca de los muros para que la madera crujiera lo menos posible bajo mi peso.
Eda no estaba en la cocina, pero había varias cosas ya preparadas esperando ser servidas. Tomé una de las masas rellenas, pero un toque en el centro de mi espalda me hizo tirarla.
—Robando de la cocina como una rata —dijo mi hermano.
—Déjame en paz, Herry —protesté y me agaché a levantar la masa, pero él la pateó para alejarla de mí.
—No tienes permitido salir de tu celda. —Mi hermano se acercó en un aire conspirativo—. Eofor le advirtió de ti al mago —me susurró, paralizándome como a un gato que lo agarran del cuello—. Papá tuvo que jurar que no estabas en la plaza y que no te dejaríamos salir de casa mientras él estuviera en Ailbar. Dijo que se iría si llegaba a verte. ¿Te imaginas? —preguntó intentando fingir seriedad, pero no era capaz de contener la sonrisa de satisfacción—. ¿Te imaginas cuánto te odiarían todos si el mago al que tanto esperamos se fuera? Vino hasta aquí desde el otro lado del mundo, pero podría irse por tu culpa. Porque tú existes.
Decidí que ya no tenía hambre y me fui de la cocina con las manos vacías. Me apuré tratando de no hacer ruido, pero fui descuidado porque estaba demasiado ocupado luchando para no mirar atrás. Entré en mi habitación con mi último aliento y cerré la puerta con llave.
Mi cortina había quedado descorrida, así que fui a cerrarla, pero entonces vi magia en el cielo nocturno. Estaba cubierto de una bruma verde y azul que bailaba como seda y tomaba la forma de zorros que corrían y jugaban, combinándose en ríos de luz y brincando de aquí a allá.
Cerré la cortina y me metí a la cama, luego me levanté a asegurarme de haber puesto llave a la puerta y me volví a acostar. Poco después, Eda golpeó la puerta para ofrecerme la cena, pero no respondí. Era mejor que pensara que no tenía hambre o que me había dormido.
O que me había muerto.